domingo, 24 de mayo de 2015

La rutina

Tenía todo listo, no se le había escapado ningún detalle, hoy sería el día. ¡Por dios!, había repasado tantas veces el discurso, palabra por palabra. Sabía de memoria como empezaría la conversación. -No eres feliz, le diría...y yo tampoco. Así, simple y llanamente con esas palabras le daría a saber del vacío que había en su vida. Bajó las escaleras poco a poco, ya que este sería el último recorrido que haría a través de ellas. Contempló con detenimiento cada cuadro y fotografía que colgaba en esa alta pared, ¡Cuantas historias de vida atrapadas en un momento fugaz, pero inmortalizadas para siempre! Llegó al pie de la escalinata, respiró profundamente y se dirigió a la cocina. Ahí estaba el, como todos los días, desde hacía veinte años cada fin de semana. Sólo recordaba dos momento en que había roto su rutina. La primera fue con el nacimiento de su primogénita, esa mañana la pasó acompañándola a ella en el hospital y la otra, cuando murió su padre. Se colocó detrás suyo. Sin que lo notara, aspiró el aroma de su loción, aquella que lo había acompañado también tantos años ya que no era un ser de cambios y prefería usar lo que ya conocía y sabía que le sentaba bien. Observó cómo se acomodó los lentes para enfocar mejor las noticias escritas con letras pequeñas en el diario. Suspiró profundamente, ¡Dios como calaba¡ era un sentimiento inmenso, semejante a traer una cuerda permanentemente atada a su cuello. ¡La asfixiaba tanto la rutina! ¡Lo mismo cada fin de semana, lo mismo cada día a día! Sabia que apenas si cruzarían palabra porque cuando leía el diario nada existía a su alrededor. Se dirigió al zinc y de manera premeditada dejó caer un vaso haciendo un enorme estruendo. El solo levantó la vista un poco, mirándola a través de la parte superior de los lentes y continuó con su lectura. Decidió qué lavar los trastes sería lo último que haría antes de tomar la maleta que había hecho tres días atrás. Lavó y enjuagó cada traste con detenimiento, utilizando abundante agua con cada uno. Miró a través del cristal de la ventana, le sorprendió ver como le estaban brotando botones a las gardenias recién plantadas y pensó que era una lástima que ya no las vería florecer. Casi a punto de terminar la última tarea que se había propuesto hacer antes de partir de aquella casa, sintió la mirada clavada en su perfil. Volteó lentamente a verlo y por un instante sus ojos se encontraron. De pronto lo escuchó decir: -¡Dios, que hermosa eres¡ Desanudó su delantal, secó sus manos, caminó con paso tranquilo hacia la puerta que daba al cuarto contiguo en donde tenia la maleta...y comenzó a deshacerla. Había roto la rutina... Tal vez valdría la pena quedarse un tiempo más.

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