Desde mi garganta
"Me atormentan todas esas voces en mi cabeza queriendo salir a contar su propia historia" Mish
jueves, 24 de septiembre de 2015
No voltees
Desperté al sentir una de sus manos rodeando mi cintura mientras con la otra acariciaba mi espalda desde donde esta empieza, subiendo lentamente por cada vértebra, deteniéndose en cada una y presionando con ligereza como planeando cada movimiento con anticipación. Su mano llegó a lo alto de mi espalda provocando en mi cuerpo un ligero estremecimiento haciendo que confiadamente este se soltara y perdiera cualquier pudor. Sentí su olor. Su olor. Ese olor no me era familiar, eso hizo que algo en mi cerebro pusiera una luz de alerta !y de pronto recordé¡ no era el. Era imposible que fuera el, ¡de haber adelante el día de llegada de su viaje me hubiera avisado, no me cabía la menor duda! Éramos dos personas rutinarias y no haríamos nada que al otro le causara cambiar sus hábitos. Su mano alcanzó mi garganta y pude percibir su aliento. Al instante mi cuerpo actuando por si solo como si fuera una entidad separada a mi mente, quizá solo por el mismo instinto de conservación, ejecutó un rápido movimiento intentando salir de la cama. Mi pierna se enredó en la sabana impidiéndome alcanzar la orilla mientras esa mano seguía deteniéndome del cuello. Algo en mi mente me gritaba una y otra vez ¡no voltees, no voltees, no te va a gustar lo que pudieras ver! ¡por tu seguridad no voltees! Sentí como los bellos en mi cuerpo empezando desde los dedos de mis pies hasta los de mi cabeza, se erizaban uno a uno causando una explosión de miedo, estremeciendo mi cuerpo de tal forma que creí que estaba sufriendo una convulsión. La mano que antes rodeaba mi cintura aprisionó mi pierna sintiendo como si una garra se me clavara desde la corva de mi rodilla cruzando mi muslo por completo. ¡Si tan solo pudiera alcanzar el apagador de la luz! Estaba segura que eso seria mi salvación. Cerré los ojos con fuerza y empecé una oración solo en mi mente ya que mi garganta no emitía sonido alguno. ¡Dios padre todopoderoso, no me abandones, acógeme en tu reino y limpia de impurezas mi alma y mi cuerpo! No bien acababa de pensar en la última palabra cuando mi pierna se destrabó y con toda la fuerza de la que fui capaz me solté de esas manos corriendo con rapidez intentando alcanzar el apagador de mi cuarto. Todo sucedió como en cámara lenta, pude percibir cada microsegundo que tardaba en llegar sintiendo a mis espaldas muy cerca que aquello iba tras de mi. Tropecé una o dos veces, tal vez fueron tres, no lo recuerdo con exactitud, el terror que experimentaba borró de mi memoria algunos datos irrelevantes. Toqué la fría pared buscando a tientas el apagador y cuando al fin lo sentí entre mis dedos, elevé la palanca anticipando con alivio como la luz inundaría el cuarto y esa cosa o lo que fuera se esfumaría. En ese preciso momento el foco se fundió, la luz nunca llegó.
Solo recuerdo haber despertado con la luz del día, acostada en mi cama la cual no mostraba huella alguna de que ahí se hubiera librado una feroz batalla. Me sentí aliviada al darme cuenta que todo fue producto de un mal sueño, ocasionado tal vez por la pastilla que ingerí para combatir el insomnio. Dios, que bien se sentía despertar a la luz del día con el fresco de la mañana que se metía a mi cuarto por las ventanas abiertas de par en par.
Ya ha pasado algún tiempo de aquel espantoso sueño, de mi memoria se han ido borrando poco a poco los detalles, el cerebro es una maquina maravillosa que actúa así, de lo contrario si conserváramos todos y cada unos de los recuerdos de las experiencias vividas minuto a minuto muchos estaríamos visitando un psiquiátrico de manera asidua. De no ser por la cicatriz que atraviesa parte de mi muslo ya hubiera logrado olvidar por completo esa horrenda pesadilla. Y algo que también recuerdo es que yo nunca dejo las ventanas de mi cuarto abiertas.
domingo, 7 de junio de 2015
Culpable
-¡Silencio!- gritó el juez al tiempo que daba un fuerte golpe con su mazo -¿Comprende usted porque está aquí?- preguntó con un tono cansino -Si, me acusan de matar el tiempo- De nuevo se escuchó un gran murmullo en la sala proveniente de todos los espectadores que ahí se encontraban -¿Bien, y cómo se declara?- interrogó una vez mas -¡Culpable!, Si señor, soy culpable de matar el tiempo. Lo mate en una noche fría frente a una taza de café con un libro de Borges como único testigo. Lo se, fue un crimen aberrante y sin perdón, pero como disfrute cada palabra que leía mientras los minutos pasaban con lentitud. Algunos dirán que fue sadismo la manera en que goce cada punto, cada coma, cada verbo conjugado. -¿Que sí me arrepiento?- ¡No!, Y pido de castigo cadena perpetua porque estoy seguro que lo volveré a hacer. Fue tal la elocuencia del acusado que por un buen tiempo nadie habló.
domingo, 31 de mayo de 2015
Mi reflejo
Odie tu maldita manía de desordenar mi vida, me enojaban tus miedos, no entendía tu indecisión, tu apatía y pensé que eras débil. Pasaste sin admirar la belleza de una mañana de lluvia, el frescor de un atardecer, no te tomabas un solo momento para contemplar con detalle toda la grandeza que se te ofrecía y que estaba ahí a un paso de tus ojos, de tus manos de tus oídos, de tu piel. La vida se te escapó tan lento que no te diste cuenta en donde quedó. Pero un día comprendí el sentido de tu presencia a mi lado al darme cuenta que eras por completo mi reflejo. Todo lo que veía en tu persona no eran mas que mis propios demonios disfrazados de enojo e intolerancia. Entonces entendí que todas mis debilidades, miedos e indecisiones los proyectaba en ti. El maestro siempre estuvo ahí. El día que lo supe, me conocí realmente y deje de fijarme en tus defectos para empezar a corregir los míos.
domingo, 24 de mayo de 2015
La rutina
Tenía todo listo, no se le había escapado ningún detalle, hoy sería el día. ¡Por dios!, había repasado tantas veces el discurso, palabra por palabra. Sabía de memoria como empezaría la conversación.
-No eres feliz, le diría...y yo tampoco.
Así, simple y llanamente con esas palabras le daría a saber del vacío que había en su vida.
Bajó las escaleras poco a poco, ya que este sería el último recorrido que haría a través de ellas. Contempló con detenimiento cada cuadro y fotografía que colgaba en esa alta pared, ¡Cuantas historias de vida atrapadas en un momento fugaz, pero inmortalizadas para siempre!
Llegó al pie de la escalinata, respiró profundamente y se dirigió a la cocina.
Ahí estaba el, como todos los días, desde hacía veinte años cada fin de semana. Sólo recordaba dos momento en que había roto su rutina. La primera fue con el nacimiento de su primogénita, esa mañana la pasó acompañándola a ella en el hospital y la otra, cuando murió su padre.
Se colocó detrás suyo. Sin que lo notara, aspiró el aroma de su loción, aquella que lo había acompañado también tantos años ya que no era un ser de cambios y prefería usar lo que ya conocía y sabía que le sentaba bien. Observó cómo se acomodó los lentes para enfocar mejor las noticias escritas con letras pequeñas en el diario.
Suspiró profundamente, ¡Dios como calaba¡ era un sentimiento inmenso, semejante a traer una cuerda permanentemente atada a su cuello. ¡La asfixiaba tanto la rutina! ¡Lo mismo cada fin de semana, lo mismo cada día a día! Sabia que apenas si cruzarían palabra porque cuando leía el diario nada existía a su alrededor. Se dirigió al zinc y de manera premeditada dejó caer un vaso haciendo un enorme estruendo. El solo levantó la vista un poco, mirándola a través de la parte superior de los lentes y continuó con su lectura.
Decidió qué lavar los trastes sería lo último que haría antes de tomar la maleta que había hecho tres días atrás. Lavó y enjuagó cada traste con detenimiento, utilizando abundante agua con cada uno. Miró a través del cristal de la ventana, le sorprendió ver como le estaban brotando botones a las gardenias recién plantadas y pensó que era una lástima que ya no las vería florecer.
Casi a punto de terminar la última tarea que se había propuesto hacer antes de partir de aquella casa, sintió la mirada clavada en su perfil. Volteó lentamente a verlo y por un instante sus ojos se encontraron.
De pronto lo escuchó decir:
-¡Dios, que hermosa eres¡
Desanudó su delantal, secó sus manos, caminó con paso tranquilo hacia la puerta que daba al cuarto contiguo en donde tenia la maleta...y comenzó a deshacerla.
Había roto la rutina... Tal vez valdría la pena quedarse un tiempo más.
lunes, 18 de mayo de 2015
El chico de al lado
Deje el periódico sobre la mesa y suspiré. Me dirigí a la puerta que da hacia el patio pues vi a mi hijo que aún seguía en el jardín. No podía dejar de pensar en ellos, eran buenos vecinos, los iba a extrañar, una vez más esa casa estaría vacía esperando que alguna familia se volviera a interesar en ella. Era una casa hermosa, algo misteriosa a mi gusto con esas ventanas al frente en forma de arco que semejaba unos grandes ojos. Probablemente yo no era a la única que le causaba esa impresión ya que en las tres ocasiones en que había estado en venta ocurría un desfile interminable de personas interesadas en verla pero que al final del recorrido que les permitía hacer el agente de ventas, casi siempre salían con la promesa de comunicarse luego, lo que no ocurría la mayoría de las veces.
¡Que lástima!, me había encariñado con la abuela de los chicos, una señora con una plática muy amena, siempre me contaba de cuando se conocieron ella y los tres maridos que tuvo a lo largo de su vida, una vida demasiado peculiar tendiendo en cuenta la época que le había tocado vivir.
-Ramón me dio el primer besó el día que nos conocimos,- solía contarme, para después añadir algunos detalles de ese primer noviazgo que culminó en el altar y término con la muerte prematura de su ya marido, dejándola en la más completa soledad ya que por el corto tiempo que estuvieron juntos no alcanzaron a ser padres. A los tres meses de casados el fue requerido por el servicio militar y no pudo regresar de vuelta con su amada Lichita o su "muñeca" como solía el llamarla con cariño.
Y así, uno a uno me relataba los recuerdos que tenía de sus tres matrimonios ¡Gracias a dios¡ -decía- con mi tercer esposo tuve a mis tres apuestos varones y ahora estoy rodeada de nietos, eso es más de lo que le pudiera pedir a la vida.
Ensimismada en mis recuerdos regrese al presente al ver que mi hijo se dirigía hacia mi con una amplia sonrisa. Que guapo se veía con esa camisa azul turquesa que hacia que su mirada luciera más profunda. No me extrañaba que las personas y sobre todos los niños se acercaran a el con tanta confianza pues los rasgos de su cara le daban un aspecto infantil.
-¿Con quién hablabas?- Le pregunte extrañada.
-El chico de al lado volvió a arrojar su pelota a nuestro patio, me dice que para esta Navidad el y su familia harán un viaje más largo y no esta seguro sí van a regresar, lo note algo apesadumbrado- ¿Sabes a donde irán mama?
-No supe que contestar, realmente me sorprendió mucho lo que me decía. Sentí que palidecía pero lo disimulé con una sonrisa a medias. Agarre el periódico que había dejado sobre la mesa, lo doble en cuatro partes y le dije que no se preocupara que tal vez pronto recibiríamos noticias de ellos.
No pude decirle que hoy la noticia había salido en todos los diarios locales y en primera plana, - "Fallece familia completa en terrible accidente, esta madrugada".
lunes, 11 de mayo de 2015
Mi mundo imaginario
Cuando era pequeña me gustaba inventar historias. En ese mundo imaginario, yo podía crear lo que quisiera con solo pensarlo. Podía aparecer y desaparecer a las personas que de alguna manera irrumpían en mi vida y me hacían sentir feliz o infeliz. También me hice amiga de los seres más peculiares y divertidos que sólo existían en mi imaginación como aquellos gnomos pequeñitos con orejas grandes que hablaban un idioma extraño, que sólo yo podía descifrar por medio de unos códigos secretos, los cuales me eran entregados cuando los adultos estaban distraídos.
Hablé con las flores, las nubes y las estrellas, meciéndome en aquel columpio que me esperaba impaciente a la llegada de la escuela. Coleccioné hormigas y comí cacahuates con cáscara a sabiendas de que no me pasaría nada, ya que antes de hacerlo, bebía unos polvos mágicos que me daban poderes y me hacían inmune a todo.
Busqué monstruos debajo de la cama cada noche, pero no podían hacerme daño porque a mí lado estaba el hada más brillante que pudiera existir jamás y ahuyentaba a cualquier ser maligno que intentará molestarme.
Mi mundo imaginario desapareció conforme fui creciendo. Gente realista me dijo que los duendes no existían y estos desaparecieron de mi vida como una pompa de jabón. También me dijeron que las flores, las estrellas y las nubes eran cosas inertes que no tenían voz propia y un día... ya no pude escucharlas. Además, aprendí que las hormigas pican y sacan ronchas y los cacahuate me empezaron a causar alergia. Comencé a tener miedo de los monstruos debajo de mi cama ya que mi hada desapareció un día ¡así, sin mas!, y las personas comenzaron a lastimarme al perder mi poder para desaparecerlas.
Por muchos años me volví una persona realista para poder encajar en un mundo normal y rutinario. Un mundo, donde es normal ver a la gente peleando en nombre de una creencia religiosa y es aceptada la desigualdad entre los seres humanos por culpa de raza, genero o nacionalidad. También es de lo más normal la discriminación por las preferencias sexuales, por no tener un brazo, una pierna, por no tener dinero para comprar ropa de marca o no traer un buen coche. En este mundo normal se vale criticar al vecino, ignorar al desvalido, reírse de los que son diferentes y abandonar a los animales, a los niños y a los ancianos. En este mi mundo normal no hay tiempo para oler las flores, admirar las estrellas, platicar con la luna, caminar sobre el césped o bailar bajo la lluvia.
Pero ahora, la edad me ha permitido darme cuenta de que al nacer mujer se me otorgó un espíritu mágico que me ha dado el poder de crear, y tanto ha sido la fuerza de mi esencia femenina que he podido crear vida. Soy una maga natural y quiero ejercer el derecho de usar mi propia magia para rescatar de nuevo las delicias de mi mundo imaginario. Sólo que ahora con la madurez, en el ya no hay duendes ni hadas.
En mi mundo imaginario de hoy, me he dado cuenta que yo soy tu y tu eres yo y que ambos formamos parte de la misma obra de arte. Aquí, todos somos creadores de nuestra realidad y somos capaces de convivir en armonía porque sabemos que hay espacio para cualquier deseo, sueño o fantasía. Aquí hay espacio para la risa, para el abrazo, para hablar sin necesidad de decir mentiras porque sabemos que no seremos juzgados. Entendemos que siempre habrá diferencia de opiniones y las aceptamos como parte natural de la vida sin necesidad de vivir disgustados con los demás. Aquí, el miedo no existe porque ha sido remplazado por el amor. Tenemos tiempo de observar el cielo y deleitarnos con todo lo que nos regala en una sola noche; nubes, estrellas fugaces y una luna brillante puesta ahí para iluminar nuestro camino. También tomamos baños de luna y sol porque comprendemos el poder de la energía que estos nos dan.
En mi mundo imaginario los adultos aprendemos de los niños y no desmentimos sus creencias, si los dejáramos a ellos crear nuestro mundo con su imaginación, viviríamos en un mundo muy divertido, viajaríamos en ballenas en lugar de barcos, comeríamos pizza y nieve de chocolate todos los días sin engordar, los animales salvajes serian nuestras mascotas, la luna sería de queso y viviría un conejo real en ella. Las diferencias con los demás las solucionaríamos con una guerra de almohadas y nos reconciliaríamos con un -"Perdóname, no lo quise hacer"- para después seguir jugando como sí no hubiera pasado nada.
Mientras las cosas en este mundo real se encuentran en proceso de cambio, yo seguiré soñando en mi mundo imaginario esperando pacientemente a que llegue el momento en que mi creación... se vuelva una realidad.
miércoles, 6 de mayo de 2015
El sombrero
Busqué mis lentes desesperada -¡Caramba, donde chingados los había dejado esta vez!- siempre ocurría lo mismo. Cuantas veces no me había pasado por la cabeza usar un pegamento resistente en mis orejas para que no se me volvieran a perder. Reí ante la sola idea de llevar a cabo esa locura.
De pronto recordé, tenía que darme prisa porque la tintorería la cerraban a las cinco y aun tenía que recoger el sombrero de mi viejo. ¡Hay papá ! -pensé- bendita idea la tuya de encargarme esta tarea a ultima hora. Pero bueno, no había de otra, tenía que hacerlo.
Por fin encontré los malditos lentes y me fui de prisa. Al llegar al local, estaban echando llave en ese preciso momento.
-Por favor- le dije al dependiente -¡Se lo suplico, solo entrégueme el sombrero! Le juro que realmente lo necesito. El hombrecillo frunció el ceño, lanzó un gruñido, dio media vuelta y se alejó ignorando mi pedido.
Minutos después, me encuentro a un lado de mi padre. ¡Lo siento - le digo- con apenas un susurro, tendrás que irte sin el... Y lloro desconsolada ante su ataúd, en parte por no haber podido cumplir su última voluntad, en parte por el dolor de su ausencia.
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