lunes, 27 de abril de 2015

Una casa con vida

Crecí en uno de los barrios más antiguos de Ciudad Juárez, entre las calles Insurgentes y República del Salvador había una construcción de piedra que siempre me intrigó. Les platico su historia tal y como me la contó Doña Tina una tarde que estábamos sentadas saboreando un rico café de olla en el porche de mi casa. -Yo viví ahí con mis padres, mis hermanos y mi abuela cuando era niña- empezó a contar con tono nostálgico. - A esa edad pensaba que el mundo era fantástico porque siempre escuchaba hablar de seres extraordinarios que luego cobraban vida en mi imaginación. De boca de mi abuela Celestina escuche hablar de duendes, hadas, la coneja de Pascua, los Reyes Magos asi como del viejo y sonriente papá Noel quienes pasaron por ahí cobrando vida de una forma misteriosa. Conforme fui creciendo, los seres de fantasía fueron cambiando por espíritus que deambulaban por nuestro hogar haciendo toda clase de travesuras, moviendo muebles o escondiéndonos objetos. Fue mi abuela quien abrió esa puerta invisible en donde no me era fácil conformarme solo con lo que veían mis ojos. Ella me dio esa capacidad de asombro y curiosidad en las cosas que los ojos no pueden ver pero el espíritu si puede sentir. Esa vivienda era de una belleza indescriptible. Estaba echa de piedra. Corría el rumor de que si el río se desbordaba o había algún tipo de desastre en la ciudad, sería la única que se mantendría de pie. Siempre he creido que las casas tienen espíritu propio y este se mimetiza con el de sus dueños. Era una construcción realmente fuerte, ¡tan fuerte como su dueña!, y con un aire de misterio en cada recoveco. Para una niña de seis años, vivir en un lugar así era casi como vivir en un castillo. No me cansaba de explorarla siempre que tenía oportunidad y siempre encontraba algo nuevo e interesante en que entretenerme tejiendo historias que solo estaban en mi imaginación. Pero no era solo porque fuera muy fantasiosa, realmente sentía que la casa me hablaba en cada uno de sus rincones y me decía lo feliz o infeliz que había sido con cada objeto que la habitaba, desde la chimenea que en tiempo de invierno nos regalaba un aroma a naranja quemada hasta el viejo piano de cola que nos deleitaba con su sonido. Sin embargo, así como me inspiraba a la fantasía también me causaba temor. De la sala a la recamara principal debía cruzar un pasillo corto que por lo general estaba obscuro y en cuyos lados había unos armarios enormes. Siempre cruzaba ese tramo corriendo, temiendo que en cualquier momento las puertas de esos armarios se abrieran y algo me engullera dentro desapareciendo asi para siempre. Aunque también había cuartos llenos de luz con ventanales enormes. En el día estos eran mis favoritos para pasar el tiempo, pero por la noche los evitaba ya que me daba la impresión de estar siendo vigilada por seres extraños que atisbaban desde el jardín. Ahí en esa casa, mi abuela crío a sus cinco hijos, cuatro hembras y un varón, todos tan distintos entre sí como lo son las hojas de los árboles. Recuerdo que era cerca de la una de la tarde cuando volví de la escuela envuelta en un abrigo de lana que me ayudaba en gran medida a mitigar el frío de la temporada. De pronto escuché los gritos y llantos más desgarradores que hasta el día de hoy he escuchado jamás. Angustiada corrí hacia el cuarto de donde provenían esos lamentos, pero las manos de un adulto cogieron una manga de mi abrigo y me impidieron la entrada. Doña Rosario, la vecina y amiga incondicional de mi abuela salió a mi encuentro llevandome a un lugar de la cocina en la cual se mezclaban los deliciosos olores a maíz que provenían de tortillas recién hechas, con el olor dulzón del atole. -¿Porque está llorando mi Tita?- pregunté al escuchar ese llanto desconsolado. -Ella llora de pena, está muy triste por lo que le acaba de pasar a su hijo. -¿Qué le paso a mi tío Manolo? -¡Don Rosendo lo mató!- contestó muy triste. Eso es lo poco que recuerdo de aquella corta conversación en donde por única vez, un adulto contestó a esa pregunta hecha con la inocencia de una niña de seis años. Sabiendo de la gran cercanía y complicidad que teníamos mi abuela y yo me dijo en voz baja: -Ve adentro, acércate a tu Tita, mírala directo a sus ojos, dale un fuerte abrazo y susúrrale en el oído cuanto la quieres. Yo obedecí tan rápido como me fue posible e hice exactamente lo que se me había indicado. Nunca olvidaré su mirada de dolor al acercarme y abrazarla. Percibí claramente lo que me decía a través de sus ojos: -¡Ayúdame! Me estoy muriendo de tristeza. Pero no bien había terminado de hacer lo que me dijo doña Rosario cuando una vez más las manos de un adulto de los muchos que ahí se encontraban reunidos intentando dar consuelo a mi abuela, me encaminaron por la solapa de mi abrigo hacia la puerta. Al salir, su incondicional amiga me tomó de la mano nuevamente y me llevó una vez más a ese discreto rincón de la cocina. -Mi Tita está sufriendo mucho- le dije con voz temblorosa que presagiaba un llanto inevitable. Ella tomó mis dos pequeñas manos y mirándome fijamente a los ojos me dijo: -¡Las lágrimas de una madre son las más tristes que un ser humano pueda derramar jamás! Y me preguntó, ¿Has visto llorar sus ojos? ¡Por supuesto que vi llorar sus ojos!, y no sólo eso, vi el aviso de una despedida en ellos, vi un lamento angustioso de un alma que decía a gritos; -¡Ya no puedo más!, ¡ya no puedo más! Y así fue realmente como pasó. Mi abuela no pudo más con ese dolor. Dicen que murió con demencia senil al cabo de algunos años de ocurrido ese lamentable suceso. Pero yo sé que no murió de vieja, ¡Murió de dolor! Para ella fue más fácil borrar de su mente lo que tanto la lastimaba -aunque esto incluyera también lo que la hiciera feliz- que aceptar la pérdida de su único hijo varón en tan lamentables circunstancias. Y así, con ella, también la casa empezó a perder su gran señorío y vitalidad. Al morir mi abuela, esta también empezó a deteriorarse a pasos agigantados hasta quedar en ruinas, que es como luce hasta el día de hoy. Doña Tina guardó silencio mientras se limpiaba algunas lagrimas. Respeté ese momento pues me di cuenta que aun y cuando habían pasado muchos años de aquel lamentable suceso, ella aun no terminaba de procesar por completo su dolor. Tome su mano y solo atiné a acariciarla con ternura. Abrio sus ojos devolviendome una media sonrisa y se despidió. La ultima vez que la vi, fue recorriendo los grandes patios de la vieja casona. Supe que falleció pocos días despues.

No hay comentarios:

Publicar un comentario